24.4.13

Valiente


Basado en arte fotográfico de Jan Saudek 







Silvia no llevaba bien el profundizar mucho en su cerebro. No le apetecía el roce con temores que se ocultaban en él. Siempre prefirió no interesarse por las cosas que le causaban una clase de sentimiento dudoso. Aprendió ese mecanismo muy pequeña, cuando de noche la puerta del armario de su habitación se quedaba entreabierta y las sombras creaban figuras sospechosas. Entonces Silvia cantaba alguna canción, cerraba los ojos y todo lo demás a su alrededor desaparecía. Con su familia nunca demostró tener miedo a nada. En su casa le llamaban ‘La valiente’.

De esa manera creció, aparentemente, sin miedo alguno. No lo tuvo siquiera de casarse con Francisco, siendo totalmente desaconsejado por sus padres. Tampoco de mudarse a un piso en la planta 13, criticado por sus amigos más supersticiosos. Ni a los gatos negros, ni a los espejos rotos. A nada. Ella, ignorando los detalles, era feliz. Aún así, los domingos demandaban mucho esfuerzo por su parte.  Los pensamientos que durante la semana podía ignorar, ese día despertaban antes que ella. Nunca lo dijo a nadie, pero llegó a odiar los domingos. Días silencios, de largas horas en la cama. Llegó a memorizar todas las figuras que se formaban en el gotelé del techo y en las paredes.

Ese domingo de mayo, también comenzó como todos los demás, con la huida del sueño. -"¿Desayunamos?" le dijo a Francisco, reventando el silencio matutino. Le tomó algo de tiempo levantarse. Sus nueve meses de gestación eran rotundos. Había pasado de ser una mujer, a ser un planeta habitado. Cuando logró llegar a la cocina, ya el café estaba haciéndose. -"Fran, podríamos comer en el parque..." sugirió "...ya ha empezado a hacer buen tiempo. Sería bueno que caminase un poco" Él asintió levemente, lo que la hizo sonreir. Silvia presentía que bajo la mirada ausente de su pareja, se escondían pensamientos brumosos. Pero ella estaba convencida de que él la quería, y ella a él, también. Habían vivido días bonitos, sólo que hacía mucho tiempo. Sus amigos de la facultad nunca entendieron su relación. Le decían que aquello no había sido una historia de amor, sino una cacería. Que había sido un capricho de su parte. Pero a ella le daba igual quién se enamoró primero o quién buscó a quién. Lo importante había sido el resultado. 

Esa tarde, la ciudad era seducida por un aire fresco y un sol casi amoroso. Alrededor del lago se hallaba la vida del parque. Silvia disfrutaba como una niña entre aquel carnaval urbano. Un grupo de niños corría detrás de otro con unos globos. Por más que le hubiese gustado unirse a la bandada, sus pies no soportaban el hecho de cargar con 20 kilos de más. Ambos buscaron un banco bajo un árbol y descansaron.

Algo en la distancia capturó la mirada de Francisco. Como si le tirasen con una cuerda, se levantó y echó a andar. Se detuvo en el borde del lago. Silvia estaba afanada buscando, en su enorme bolso, la cámara de fotos, que estaba segura haber traído. La luz sobre el lago le había hecho sentir que aquella era una visión para recordar. Cuando al fin logró encontrar la cámara, se encontró que estaba hablando sola. "¿Me tiras una foto?" dijo desde el banco. No hubo respuesta. "¿Fran, me escuchas?" Ni tan siquiera un movimiento de reflejo. Convencida de que tendría que ir a buscarlo, se levantó. Al llegar a su lado, vio como su éste tenía ambos pies en el agua. "Fran, tus pies..." Pero él seguía absorto mirando al otro lado del lago. 

Entonces Silvia siguió el tenso cable de su mirada hasta ver donde desembocaba. Lo hacía en un niño muy pequeño. Éste intentaba atrapar las burbujas de jabón, que un mimo soltaba al aire, pero no lograba atrapar ninguna. Una tras otra se le escapaban. A veces caía en el intento, pero se ponía de pie para continuar la agotadora faena, en cuanto veía otra burbuja flotar por el aire. Silvia sonrió espontáneamente. Sin embargo, la expresión en la cara de Francisco, no correspondía a la ternura de la situación. Su pecho subía y bajaba de forma irregular y tensaba los labios con fuerza, como para no dejar escapar algo. Silvia no quiso preguntar, su instinto le decía que lo ignorara y que volviesen a casa. Así lo hicieron.

El resto de la tarde, Silvia buscó todas las tareas que pudo para mantener su mente ocupada. Francisco la estuvo observando por mucho tiempo en el salón. Luego se marchó. La noche cayó sin compasión.

Silvia estaba en la cocina preparando la cena, cuando un viento helado se acercó a llamarla con sus finos brazos por el cuello. Estuvo apunto de seguir cocinando, pero su inquietud la llevó a averiguar de dónde venía la corriente. El oscuro pasillo le pareció más largo que de costumbre. Siguió la fría brisa hasta la última habitación. Allí lo encontró. La ventana estaba abierta de par en par y Francisco estaba de pie, semidesnudo, en medio de la habitación, mirando hacia afuera. El vientre de Silvia se tensó dolorosamente.

-"Fran, ¿me ayudas?" preguntó con una mueca de dolor.
-"Estoy cansado, Silvia. Realmente agotado... del todo." exhaló sin mirarla.
-"Bueno, está bien." dijo recompuesta. "Pero, por favor, cierra la ventana que nos vamos a helar los dos." Se dispuso a cerrarla ella misma, pero Francisco se lo impidió. 
-"¿Has visto cómo la ciudad, de noche, parece un reflejo del cielo? Desde aquí arriba todo se ve tan tranquilo..." La sujetaba por la muñeca, pero sin fuerza. No había tensión en su mirada, ni en su cara. El vientre de Silvia se volvía a tensar, paralizándola.  
-"Vamos entonces al salón y hablamos." dijo, visiblemente, afectada. 
-"No, Silvia, el salón, no. Allí no se habla. En el salón hay un silencio muy grande. En toda esta casa hay demasiado silencio. Es como vivir entre ruinas. Hablan más las paredes que nosotros. Es como si no supiéramos terminar esta historia." Le besó las manos y la soltó lentamente. "¿Puedes buscar mi chaqueta en el salón?" dijo cariñosamente.

Silvia, aguantándose la barriga, salió sin decir nada y fue hasta el salón. Vio la chaqueta sobre una silla y encima de ésta un sobre. Lo más rápido que pudo, recorrió otra vez el pasillo, cuando escuchó tres golpes en el suelo. Era el sonido de una breve carrera, como el de los niños del piso de arriba. Llegó a la habitación y estaba vacía. La ventana abierta de par en par. Poco a poco, como volutas de humo, fueron subiendo gritos de la calle y ruido de coches pitando. Silvia bajó su mirada y se fijó en el sobre que sostenía en la mano. Ponía: 'Silvia'. Lo abrió y sacó una nota que tenía sólo una frase. "Silvia, ya no quiero perseguir burbujas de jabón." En ese instante, Silvia rompió fuente.